Solo los que lo han vivido podrán decir lo triste que es un Sant Jordi en Madrid.La diada, en Madrid, se acaba convirtiendo en una excusa del Corte Inglés para aumentar sus ventas: se adorna el día con frases cursis y repetitivas y las flores aparecen mustias y prefabricadas, rodeadas por plástico.
Ya es mi segundo año en la capital española y, lo siento, pero no me he podido acostumbrar a celebrar ese día aquí. Es más, ¿porqué pongo celebrarlo?
Aquí, Sant Jordi es un día como cualquier otro con tenderetes de libros por las calles y olor a euros desgastados.
Soy una sentimental, lo sé, pero echo de menos el olor auténtico de las rosas frescas, sonrojadas y preciosas, el tacto a nuevo de los libros que esperan, pacientes, ser regalados con ilusión y los cálidos besos de los enamorados que, ese día, se sienten aún más afortunados.
Quiero sentir de nuevo la sorpresa de recibir una rosa de manos de alguien que no esperaba, quiero pensarme durante los 364 días restantes qué libro voy a regalar a mi abuela para que adorne sus días de soledad y recuerdos viendo reflejada su nieta en la letra impresa y quiero vagabundear por las calles de mi ciudad, Girona, comentando con mis amigas de siempre qué libros comprarán, para quién y cuantas rosas descansan en un jarrón de agua en su habitación.
También quiero comprarme un libro para refugiarme en él cuando mis ojos vean llover y quieran iniciar el viaje de la imaginación y, al cerrarlo, sentir la pena que te golpea cuando sabes que tienes que dejar de ver a un buen amigo...
Sí, me compraré un libro pero no lo haré en “la semana del libro”donde todos parecen iguales: con la banda roja de “anunciado en TV” y con el descuento, ridículo, del 10%...
Lo haré en un día lluvioso, en alguna pequeña librería de la calle libreros o carretas donde el empleado me mirará sorprendido al no esperar ninguna clienta cuando ya ha pasado “la obligación de comprar un libro para ser culto”, es decir, la definición del Sant Jordi madrileño.


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