Lo cogió de la mano y sintió que, cerrando sus dedos entre los suyos, nada podía hacer que cayera de nuevo, aquella mano le daba toda la confianza y seguridad que necesitaba para seguir avanzando entre los senderos de la vida, tal como lo hacía en ese preciso y precioso instante por el camino, entre la arena.Cerró los ojos y solo se dejó guiar por su olor, le daba igual donde ir, siempre y cuando la guiara ahí su aroma.
Por fin llegaron.
El agua del río discurría tranquila, configurando harmoniosas melodías, aquellas que solo pueden escuchar los corazones enamorados y las hadas convertidas en hojas de árbol que se remueven bajo el cosquilleo de un suave viento.
La luna, inmensa, llena, plateada, brillante, dibujaba rayas de ilusión sobre el agua, camuflada entre unas ligeras nubes que parecían ser velos en la noche.
La arena se movía ligeramente, como queriendo abrigarlos más entre el silencio oscuro, y su perro, negro, giraba las orejas puntiagudas para poder escuchar las danzas secretas de las truchas que iban contracorriente: solo los peces muertos son los que se dejan llevar por la dirección que marca el agua.
Él empezó a juntar troncos y más troncos y, con delicadeza, creó una hoguera chispeante de emoción.
Mientras, ella se tumbó, cerró los ojos y se sintió parte de todo: del frescor del agua del río, de la ligereza de las nubes del cielo, del calor mágico del fuego, del aroma de los árboles, de la belleza de la luna y de la libertad del viento.
Al abrirlos, se miraron profundamente: la hoguera se había apagado pero un fuego más intenso se reflejaba entre sus ojos, cubriéndose de amor y desnudándose de deseo.
Foto del Tormes, a su paso por Barco de Avila...


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