martes, 5 de julio de 2005

Urgencias del corazón

Día tranquilo en el servicio de urgencias de fin de semana del hospital veterinario: sólo un par de intervenciones quirúrgicas, unos cinco perros ingresados con buen progreso y pocas consultas. La doctora y yo estábamos disfrutando de una amena charla cuando llaman deseperadamente a la puerta y aparece un chico joven con una perra husky de pelo plateado y ojos azules en brazos.
La perra llevaba desde el día anterior intentado dar a luz a sus cachorros y en aquellos momentos se encontraba tan al límite de sus fuerzas que el propietario pensó que la perdería de un momento para otro.
La veterinaria me pidió que preparara todo el material y nos dispusimos a hacer una cesárea de urgencia. Nunca había visto ninguna.
Con esfuerzo conseguimos ir sacando y colocando uno, dos, tres, cuatro, cinco, hasta seis preciosos cachorros en una mullida manta peluda cerca de su madre.
Estaba ayudando a coser los puntos cuando me percaté que una diminuta bola de pelo rojiza restaba inmóvil encima de la mesa del quirófano. La doctora me dijo que el séptimo cachorro estaba muerto pero que si lo quería podía probar de hacerle un masaje cardíaco hasta que viniera el próximo cliente y así me serviría de práctica.
No lo dudé un segundo. Acuné el cachorro en mi mano izquierda y con la derecha empezé a acariciar con fuerza la zona que quedaba entre sus blancas patas delanteras.
Era una hembra de pelo rojizo y una máscara en forma de antifaz alrededor de los ojos. Una auténtica belleza que no había llegado ni a existir.
Sentí una enorme pena y pensé que si hubiéramos actuado mejor entre todos (incluso el propietario) en aquel momento no estaría dándole un masaje a lo que ya se sabía que era un cadáver.
Llegó otro paciente, un histérico cocker con una histérica propietaria, pero me sentí incapaz de meter un ser tan tierno y adorable en algo tan frío y tétrico como la nevera de autopsias y me senté en la silla giratoria del despacho con una manta de cuadros en mi regazo y el pellejo inerte en mi mano izquierda.
Puede parecer extraño, pero en aquel momento sentí que nada importaba más en el mundo que aquella diminuta bolita de pelo en mi mano izquierda. Nada importaba nada menos aquel cachorro y creí sentir que algo transcurría entre nosotros dos, como si de algún modo el azar estuviera jugando a los dados con nuestros destinos.
Mi mano izquierda temblaba de agotamiento y mis dedos sentían un horrible hormigueo, al igual que mis piernas que llevaban más de cuarenta y cinco minutos fijas en la misma posición. Me maldije por mi estúpido sentido de la responsabilidad que siempre me lleva más allá de lo que está a mi alcance, que deja parte de su vida en todo aquello que hace, que no sabe ver un perro muerto como eso, un perro muerto así que puse el objeto en la manta de cuadros y me giré para ir a buscar una bolsa de plástico con una etiqueta para la autopsia.
Y entonces ocurrió lo impensable. Noté como un pequeño gemido, un sonido apenas imperceptible que si no llega a ser por la ubicación del despacho hubiera creído que se trataba de una radio mal conectada de algún vecino. Sin embargo, pensé que mi cerebro rallaba el borde de la locura y me maldije de nuevo por haber obedecido a aquel impulso mío de subir las escaleras con la corazonada de que aquel husky era el más bonito que había visto en mi vida. Con la bolsa en la mano me giré hacia la mesa y ví que un hocico diminuto, un tibio punto negro se asomaba entre las arrugas de la manta.
Y entonces sí, me percaté que el cachorro estaba vivo.

(CONTINUA ABAJO)

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