
No te escondas, eso jamás, levanta la cabeza. Un poquito más, así perfecto. Eres única, mírate. ¿Te puedes ver? Seguro que sí. Mírate. Ni los gritos ni los puñetazos han podido contigo. Eres fuerte, muy fuerte. Mírate otra vez.
Venga, tú puedes, separa estos labios presionados. Ni los reproches ni los insultos han conseguido acallar tu voz. ¿La puedes oír? Sigue ahí, deseosa de reconciliarse contigo misma para poder pronunciar en alto tu nombre. ¡Recuerda! Aunque parezca que todo lo has perdido, aún tienes un nombre. ¡Grítalo!
Abre los ojos. Bien abiertos. No volverás a ver el dolor. Ánimo, abrélos. Delante tus pestañas el mundo danza. Mírate. No temas las cicatrices ni los moratones, te recordarán, para siempre, que sigues viva para poder verlas. ¿Duele? ¡Claro que sí! Sin embargo algún día el sufrimiento se convertirá en fuerza.
No llores o llora, una única y sola vez, hasta quedarte sin una sola lágrima. Luego mírala, tu hija ya no llora. ¿Sabes por qué? Está orgullosa de su mamá. Eres fuerte, no lo olvides.
¡No bajes la cabeza de nuevo! Mírate, otra vez. Sí, mira a la mujer que se refleja en el espejo, es bella, inteligente, guapa, un tesoro. ¡Eres tú! Tardarás mucho en créertelo, lo sé, pero algún día saldrás de tus cenizas y serás puro fuego. Algún día volverás a ser alguien parecido a lo que eras antes que él entrara en tu vida. Mírate. No intentes dibujar una sonrisa falsa, ya habrá tiempo de dibujar una de verdadera.
¡Escucha! ¡Es el timbre de la puerta! No te escondas, él ya no volverá ¡Jamás!
¿Sabes quién llama? Es el amor verdadero. El que ama, el que nunca daña, el que no hiere, el que es paciente, el que te apoya, te da la mano para que te agarres, el que hace desaparecer el miedo, éste es el que llama a tu puerta. ¿Lo dejas entrar?


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