miércoles, 31 de agosto de 2005

Perdedor ante la batalla del tiempo


Sonó la puerta de la entrada con un ligero "pum" y en el recibidor se dibujaron dos siluetas grises: una era la de su hermana de 19 años, la otra debería corresponder a una de sus mejores amigas, la que cada verano pasaba almenos un par de semanas en su casa de veraneo.
Al abrir la luz no podía creer lo que veía: en aquella minúscula estancia le sonría una chica morena de ojos rasgados y pelo liso y castaño. Se percató que le había dado un beso en cada mejilla cuando ella ya estaba en la habitación de su hermana sacando su ropa veraniega de una maleta roja.
Volvió al comedor y encendió la televisión pero ninguno de los programas basura que se emitían en aquellas horas le pudieron distraer de su turbación. Ahora aquella niña regordeta, de piel bronceada y amabilidad extrema se había convertido en una chica de piel pálida gracias a la ténue luz de un flexo que la acompañaba en todas sus horas de estudio, sonrisa triste y silueta ligera bajo los pantalones beige que le había visto en el recibidor.
Ella conservaba su dulzura, su bondad, su sonrisa de plata pero había leído en sus ojos penetrantes un toque de despreocupación, de "glamour" y de madurez exportada de la capital que lo dejó descolocado.
Por la mañana siguiente desayunaron juntos y ella le preguntó cordialmente porqué se tomaba todas aquellas medicinas que descansaban sobre la mesa. Él le contestó, titubeando y mirando fijamente su vaso de café, que hacía un año lo había dejado la novia y que, a raíz de ello, sufría una depresión. Ella le sonrió de nuevo y dijo con una voz suave "a todos nos pasa" y él no pudo saber a qué se refería: si al hecho de que te dejara la pareja, sufrir una depresión o... quizá ambas? De repente sintió una sensación de mareo y nerviosismo mientras notaba su corazón palpitando con fuerza en el interior y musitándole con puro realismo que lo que estaba sufriendo no era ninguna depresión ni ningún ataque de pánico, que, como todo ser humano, se había enamorado, sí, de aquella mujer que tenía delante preguntándole con voz delicadeza si se encontraba bien.
Pasaron los días e intentó hablarle en el barco, en la playa, en la mesa, mientras probaba un helado de "pomada", cuando un día las acompañó de fiesta y le sirvió de escudo ante la pandilla de chicos groseros que la querían conquistar. Intentaba hablarle pero en cada ocasión se le formaba un nudo en la lengua incapaz de deshacerse: a él, a quién ninguna chica se le había resistido!
Pasaron los días y llegó la última noche. Se sentaron los cuatro en la playa: su hermana, el novio de ésta, su amiga y él con una mezcla de melancolía y alegría mientras hablaban que el verano se estaba terminando.
En un momento dado, su hermana cogió a su novio de la mano y se lo llevó mar adentro. Se quedaron los dos solos, en la playa desierta, bajo una luna inmensa y las risotadas de los dos amantes.
Reunió todas sus fuerzas y, sabiéndose perdedor ante la batalla del tiempo, jugó todas sus cartas a una y le contó lo que había sentido desde que la vió aproximarse en la puerta, le confesó su amor y tuvo el impulso de besarla, pero ella se negó. Sintió unas ganas enormes de maldecir a aquél que le habría robado su corazón pero en vez de eso dijo "dile a quién sea que lo envidio, lo envidio más allá de la envidia" y añadió "gracias por hacerme creer en la vida de nuevo, aunque no esté en mi manos" y se la atrapó con delicadeza antes de irse de nuevo a casa.
Sola en la playa, a ella le resbalaron por sus mejillas unos goteones de cristal mientras notaba un sabor agridulce: había devuelto la vida a alguien pero... sería capaz de guardar un poquillo de ésta para ella misma?

1 comentario:

Denia dijo...

Súblime, como el amor... :)